Durante el siglo XVI, las oligarquías de las repúblicas de Murcia (en el sureste de la Península Ibérica) y Tlaxcala (en el Valle Central de México), a pesar de sus particularidades, convergieron en las estrategias para demostrar y certificar su calidad como miembros del cuerpo político-territorial de la Monarquía Católica. En ambos casos, el reconocimiento de su preeminencia social se basó en sus servicios en defensa de los intereses de la
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