En 1955, después de casi veinte años instalada en Argentina, Clara Campoamor comenzaba en Suiza la última etapa de un exilio al que no vio fin. Por su correspondencia con Gregorio Marañón, María Telo, Consuelo Berges o Antoinette Quinche –su gran apoyo personal y profesional en el país alpino– sabemos que nunca desistió en su deseo de regresar a España, de donde había huido en el verano de 1936. «Siempre a la espera del santo advenimiento», la
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